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Florentino Ameghino, Buenos Aires
Lunes 06 de Septiembre de 2010 
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04-03-2010 - OPINION
Respeta y ama a los ancianos

Escribe
M. E.


A veces me pregunto, por qué a los ancianos se les niega el derecho de terminar su vida, felices.
La respuesta es que es más fácil abandonarlos en un geriátrico que ocuparse de ellos. Es más fácil declararlos insanos, que acompañarlos. Se habla de falta de tiempo, de las dificultades que significa responder a sus necesidades. Andamos ocupados, ¡muy ocupados! Para hacer una visita, una llamada, brindar un poco de tiempo a quienes han dedicado una vida a nuestro crecimiento y bienestar. A medida que envejecen y su salud se va deteriorando, el amor hacia nuestros padres o abuelos se va haciendo mezquino y pequeño y olvidamos lo que esas personas nos dieron.
Los encerramos en algún instituto para que no nos estorben. Faltos de amor, éstos ancianos se marchitan como una planta que nunca ve el sol... y pasan sus últimos años en soledad y tristeza.
Cuenta la leyenda, que en una aldea se seguía una vieja tradición. Cuando una persona llegaba a una determinada edad, era acompañado por su hijo al medio del bosque, y allí era abandonado. Un hombre que estaba muy anciano y no podia vivir solo, le dijo a su hijo: Es tiempo de que me lleves al bosque, pues yo, no puedo cuidarme solo y debo depender de la ayuda de los demás. El hijo -dijo- ¡Padre, yo nunca haré algo así! Pero el padre insistió: ¡Quiero que me lleves al bosque, pues esta es la tradición del pueblo. Mi abuelo llevó a su padre, mi padre al suyo y así sucesivamente. Ahora te toca a tí, hijo mio, cumplir ese mandato. Pero ¿Qué pasa en el bosque? pregunto el hijo. -Permanecemos en el bosque - explicó el padre -hasta que finalmente morimos y dejamos a la familia libre de hacerse cargo de un viejo. El padre insistió e insistió tanto que el hijo aceptó llevarlo.
Fueron caminando en un sendero sin hablar. El hijo preso de su inmenso dolor, el padre apesumbrado, pues ya no vería más al hijo ni a los nietos a quienes tanto amaba. Cuando llegaron al bosque, el padre habló: «Hijo»... ya es tiempo de despedirnos. ¡Padre! volvió a decir el hijo con lágrimas en los ojos... yo no puedo dejarte aquí sólo... El frio de la noche, no tardará en descender y quedarás solo y triste... ¡Ven a casa conmigo!- ¡hijo, ya te expliqué esta es la tradición de nuestro pueblo, mi padre lo hizo con su padre, y yo lo hice con el mio... esto ha estado ocurriendo durante muchas generaciones. Al cual su hijo respondió: ¡Papá, pues si es así, yo no quiero romper con la tradición... Y volvieron juntos a la aldea.










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